Caray, a estas alturas del lunes y apenas voy a poner lo que recuerdo del viernes.
Pues nada, que para este día ya eran cuatro los machines con morra polaca. Y uno de ellos me invitó a rolar con su chava por los cafés del centro en lo que llegaba la hora de las despedidas oficiales. Creo que me quería presumir.
Por la tarde nos fuimos encontrando un tras otro en diferentes puntos, a cual más con unas caras de resaca que no podían con ellas.
Acuñamos un nuevo verbo: Adelaidear.
La despedida al principio fue todo sonrisas y todo buenas opiniones y agradecimientos y esas cosas que se hacen fastidiosas hasta que a la voz de Adelaida aquello se convirtió en un gritadero de pena ajena. Los y las polacas que asistieron reían con ternura como cuando vemos a dos bebes tratando de asesinarse a mordiscos de dientes de leche.
Luego salimos, nos dirigimos a la piscin,. donde sería la super fiesta de despedida.
La piscina es, efectivamente una piscina, pero todo el tiempo estuvo prohibido meterse. Yo creo que además a nadie le interesaba porque estaba vacía.
Estuvimos en un galerón chiquito pintado de negro con luces giratorias y... en cualquier parte que he estado los antros son semejantes, así que imaginen el rincón de un estacionamiento acondicionado para la ocasión.
Mucha música mexicana.
Tropical!! argh. Para el curriculum de esos grupos tropichundos está el dato de que su música se baila en Polonia a la menor provocación. La misma canción fue repetida como siete veces!!
Y también en el bar latino el sábado y los otros días!!
El bar latino tiene la disculpa que su dueño es un mexicano que a cada tanto viaja su tierra a escoger material para su antro.
Bueno, entonces, estaba con que en la piscina la gente bailaba y bailaba molotov, Mano chao, los grupos estos de tropi, Tito Puente, Celia cruz, julieta venegas y más.
Sobre una mesa pusimos todos los bocadillos que trajimos. Unas tlayudas duras sin nada encima que walfred trajo eran masticadas con cara de: "oh, comida mexicana". Ja ja. luego, alguien repartió chapulines y así por lo menos el taco de zezetle era más tragadero.
Paletitas, chilito, miguelitos, pelones, tamarindos, alegrías y otras golosinas volaron. Se bailó, se rió, se manoseó, se vomitó... no, bueno, eso ya no alcancé a verlo porque el cansancio y la lejanía de mi hospedaje no eran para dejarse a la ligera.
El sábado, bueno, luego les cuento.
Anexo 1
En las últimas horas de esta semana atareada, en las siempre postergadas despedidas, nos reunimos en un discreto café de la calle NowySwiat. Ahí nos entretuvimos en relatar nimiedades ante la incomodidad de ponernos emocionales. Jorge estaba muy nervioso. Sofía, que fue su anfitriona había prometido llevarle el equipaje. Pues resulta que aquella ya tardaba demasiado con el equipaje en cuestión y Jorge se iba poniendo cada vez más nervioso. Los timbrazos en los celulares contribuían a aumentar la tensión. Afuera la pertinaz lloviznita seguía en su terquedad. Yo me había quitado por fin chamarras, suéteres, gorros y por fin me relajaba un poco. Incluso solté por fin mi cabello, lo llevaba suelto después de ver las fotos de días anteriores donde por más que lo intentara atar en coleta, acababa super despeinado. Era la hora de la partida de Jorge y Sofía no aparecía. Neftalí y yo nos ofrecimos a salir a mirar las paradas del transporte público a ver si estaba allí. Nos confundimos un par de veces, fuimos hasta otras estaciones, desandamos el camino y ni rastros de Sofía o de las maletotas rojas de Jorge. Los teléfonos aseguraban que ella estaba ahí en la parada, pero no dábamos con la bendita estación en que ella también se desesperaba. De plano ya andábamos todos corriendo de acá para allá. Jorge con la cara roja de ira, maldecía y se mesaba los rizos. Maja que nos corregía la dirección por el celular y cuando ya estábamos por estallar, finalmente la encontramos. rápidamente fue conseguido un taxi, subimos las maletas de Jorge, las despedidas se sucedieron en un atropello desesperante y de último momento decidí subirme también al taxi. No quería confesar ante ellas, que yo no había comprado aún mi boleto de avión. Y aunque Sofía me lanzó una mirada asesina no pudo impedirlo así que nos fuimos derrapando llanta.
Ya en el aeropuerto, ya con Jorge tranquilo, con su equipaje en el checkout, finalmente las despedidas fueron más tranquilas, más como se supone que deben ser: todo abrazos, todo buenos deseos, todo felicitaciones.
Una vez desaparecido Jorge, me quedaba poner mi pose de despreocupación y acudir a la ventanilla de pasajes. Sofía quería regañarme por mi imprevisión, pero no se lo permití. simplemente se limitó a ayudarme a cambiar unos dolares más a slotys y traducir a la chica de la ventanilla.
Listo, ya podía yo también irme de Polonia... Hasta otro día.
lunes, 26 de octubre de 2009
No, no hay duendes
Qué le vamos a hacer.
Eso sí, me contaron una anécdota sobre los trolls escandinavos. Dice así:
Los pueblos escandinavos eran endogámicos, o sea que dificilmente se relacionaban con otros pueblos, por lo que sus genes eran muy poco variados. El resultado de esa poca variación genética eran niños con retrasos mentales, con malformaciones genéticas y cosas por el estilo. Como matarlos así nomás habría sido una cosa gacha, aquellos que descubrían el mal de su hijo lo resolvían abandonando a la criatura en el bosque. Si el ser aquel sobrevivía, llevaba una vida salvaje. Como los casos eran muy frecuentes, aquellos que lograban establecerse en el bosque con su incapacidad y sus pocas luces a cuestas, se hacían cargo de los nuevos niños lelos que llegaban. se fueron haciendo así una especie aparte, mugrosos, descuidados, salvajes y cuando llegaban a los caseríos, solían hacer desmadres: mataban a las ovejas, robaban granos, destruían cercas y techos y un montón de tropelías.
Para mantener a raya la curiosidad de los niños sanos, comenzaron a contarles historias extraordinarias acerca de los retrasados aquellos dando como resultado el mito y las leyendas de los trolls.
¿Eh, como la ven?
Eso sí, me contaron una anécdota sobre los trolls escandinavos. Dice así:
Los pueblos escandinavos eran endogámicos, o sea que dificilmente se relacionaban con otros pueblos, por lo que sus genes eran muy poco variados. El resultado de esa poca variación genética eran niños con retrasos mentales, con malformaciones genéticas y cosas por el estilo. Como matarlos así nomás habría sido una cosa gacha, aquellos que descubrían el mal de su hijo lo resolvían abandonando a la criatura en el bosque. Si el ser aquel sobrevivía, llevaba una vida salvaje. Como los casos eran muy frecuentes, aquellos que lograban establecerse en el bosque con su incapacidad y sus pocas luces a cuestas, se hacían cargo de los nuevos niños lelos que llegaban. se fueron haciendo así una especie aparte, mugrosos, descuidados, salvajes y cuando llegaban a los caseríos, solían hacer desmadres: mataban a las ovejas, robaban granos, destruían cercas y techos y un montón de tropelías.
Para mantener a raya la curiosidad de los niños sanos, comenzaron a contarles historias extraordinarias acerca de los retrasados aquellos dando como resultado el mito y las leyendas de los trolls.
¿Eh, como la ven?
sábado, 24 de octubre de 2009
Jueves
Ah, el sabroso jueves y sus avatares y casualidades.
Pues resulta que la noche del miércoles Maja nos dio instrucciones puntuales acerca de lo qué hacer al día siguiente. Creo que se iban a ir de pata de perro al barrio obrero de Praga y no habría actividades hasta las tres.
Pero como al día siguiente, después del destanteo de una dormida poco reparadora se me fue el avión, pues consulté el progra y me encontré con que a las once estaba programada una lectura en la Facultad de... esa.
El caso es que llegué más o menos puntual (Bravo!), y al entrar al salón me lo encontré vacío. Bueno, un profesor y Gerardo Beltrán, aquel poeta que lleva dieciocho años viviendo en Polonia y que a la sazón trabaja en la Universidad, y que el día de la recepción estuvo con nosotros en el almuerzo que organizara alguien de la Universidad.
Pues este personaje, que según dijo, había venido tres horas antes de su cátedra para vernos y escucharnos, al ver la ausencia del resto de la delegación mexicana, me invitó a quedarme y dar una charla a sus alumnos. Yo me dije: ¿Por qué no? A eso vine.
Total que esperamos a que nos dieran la una, salimos de su oficinita de traducciones, rodeamos el edificio, caminamos por los jardines de la universidad, nos sumergimos en la oleada más completa de mujeres bellas que había sortaedo desde mi llegada y finalmente llegamos a su áula, donde durante hora y media, sus alumnos fueron los míos.
Ahí hablé de mi trabajo, de la literatura contemporánea mexicana, de la literatura en lenguas originarias, de los ensambles, las libretas, el trabajo comunitario y leí, y reí, y discurseé, y cuanta cosa se me ocurrió pero llené ni más ni menos que TODA UNA CÁTEDRA a estudiantes universitarios polacos.
Caray, que sabrosa sensación.
Luego el detalle de que este Gerardo me ayudó a vender libretitas y libros y moneniques; además de que me endulzó la oreja con que me darán un documento que certifique vine a Polonia a dar cátedra a la Universidad, que hay la posibilidad de ser traducido al polaco, y que deberíamos hablar de publicar jóvenes artistas polacos, y un montón más de proyectos que espero no se me desmoronen.
Pero creo que lo mejor de esto es que todo el tiempo estuve pensando: Muérete Adelaida, esto es algo por lo que tú hubieras dado... Bueno, Adelaida estará verde de envidia porque seguramente quien debe dictar cátedras es ella y los demás somos unos pendejos.
Por la tarde nos reunimos algunos de los que aún tenían pila para seguir deambulando en la ciudad. Y ya por la noche, envalentonado por el superficial conocimiento que he adquirido en materia de rutas de regreso a casa, me animé a caminar. Recordé que allá en Tlaxcala solía regresar hasta Texcacoac caminando, trazada mentalmente una ruta rectilínea, y calculando que el trayecto consumiría poco más de una hora y algo de energía ganada merced a la ingesta de cerveza. Todo fue bien en tanto estaba en las márgenes del Vístula. Miré y admiré los trabajos monumentales de los constructores de este puente, que se afanaron en poner a cada tanto del trayecto pequeños nichos que hacen las veces de postas para caminantes. Estos nichos conectan con escaleras de caracol que desembocan en las calles paralelas al río, unos metros más abajo. Pero una vez que traspuse el río, y ver que la bruma había aumentado ostensiblemente de densidad, la cosa se comenzó a complicar. Por momentos recordé aquella literatura inglesa que tiene como un personaje más a la bruma. Comprendí que ciertos escritos están condicionados en su forma y en su fondo por las circunstancias físicas y geográficas de quienes los han perpetrado. Hasta ahora, por ejemplo, no habría podido escribir nada que incluyera esta bruma y la sensación aprehensiva que me genera. Hace que sienta una especie de miedo cuando a la distancia veo borronearse una silueta. Entonces siento ese vértigo de temor de que sea un criminal, un asesino dispuesto a destripar al primer ser viviente que se cruze en su camino. Allá en México, en una situación similar podría esperar que lo que se me aparezca sea un policía que al amparo de la noche me extorsione, y en última instancia me lleve detenido para después exigir ese rescate legalizado que es la multa por andar en horas sospechosas en una calle vacía. o una bandita de gandallas que aparte de ponerme una madriza se quieran ver más malditos dejándome una marca de charrasca en la cara o en la espalda.
Caigo en la cuenta de que el trayecto ya se ha prolongado más de lo que había calculado y reviso mentalmente el recorrido del autobús. Creo que definitivamente esta calle no la he recorrido, creo que en algún sitio no di un quiebre, o que no tomé en cuenta una curva, o que cualquier cosa pero es necesario regresar hasta donde me sienta familiarizado y de ahí tomar otra vía.
Por fin, después de encontrar la ruta correcta, llego a la casa de mis anfitriones y lleno de pena por la alta hora, no ceno, no me baño, no me conecto al internet, ni siquiera extiendo el sofá ante el ruido que hace y prefiero simplemente hecharme a dormir vestido como estoy y únicamente quitándome las botas. Ya mañana sabré si estoy cansado o no.
Pues resulta que la noche del miércoles Maja nos dio instrucciones puntuales acerca de lo qué hacer al día siguiente. Creo que se iban a ir de pata de perro al barrio obrero de Praga y no habría actividades hasta las tres.
Pero como al día siguiente, después del destanteo de una dormida poco reparadora se me fue el avión, pues consulté el progra y me encontré con que a las once estaba programada una lectura en la Facultad de... esa.
El caso es que llegué más o menos puntual (Bravo!), y al entrar al salón me lo encontré vacío. Bueno, un profesor y Gerardo Beltrán, aquel poeta que lleva dieciocho años viviendo en Polonia y que a la sazón trabaja en la Universidad, y que el día de la recepción estuvo con nosotros en el almuerzo que organizara alguien de la Universidad.
Pues este personaje, que según dijo, había venido tres horas antes de su cátedra para vernos y escucharnos, al ver la ausencia del resto de la delegación mexicana, me invitó a quedarme y dar una charla a sus alumnos. Yo me dije: ¿Por qué no? A eso vine.
Total que esperamos a que nos dieran la una, salimos de su oficinita de traducciones, rodeamos el edificio, caminamos por los jardines de la universidad, nos sumergimos en la oleada más completa de mujeres bellas que había sortaedo desde mi llegada y finalmente llegamos a su áula, donde durante hora y media, sus alumnos fueron los míos.
Ahí hablé de mi trabajo, de la literatura contemporánea mexicana, de la literatura en lenguas originarias, de los ensambles, las libretas, el trabajo comunitario y leí, y reí, y discurseé, y cuanta cosa se me ocurrió pero llené ni más ni menos que TODA UNA CÁTEDRA a estudiantes universitarios polacos.
Caray, que sabrosa sensación.
Luego el detalle de que este Gerardo me ayudó a vender libretitas y libros y moneniques; además de que me endulzó la oreja con que me darán un documento que certifique vine a Polonia a dar cátedra a la Universidad, que hay la posibilidad de ser traducido al polaco, y que deberíamos hablar de publicar jóvenes artistas polacos, y un montón más de proyectos que espero no se me desmoronen.
Pero creo que lo mejor de esto es que todo el tiempo estuve pensando: Muérete Adelaida, esto es algo por lo que tú hubieras dado... Bueno, Adelaida estará verde de envidia porque seguramente quien debe dictar cátedras es ella y los demás somos unos pendejos.
Por la tarde nos reunimos algunos de los que aún tenían pila para seguir deambulando en la ciudad. Y ya por la noche, envalentonado por el superficial conocimiento que he adquirido en materia de rutas de regreso a casa, me animé a caminar. Recordé que allá en Tlaxcala solía regresar hasta Texcacoac caminando, trazada mentalmente una ruta rectilínea, y calculando que el trayecto consumiría poco más de una hora y algo de energía ganada merced a la ingesta de cerveza. Todo fue bien en tanto estaba en las márgenes del Vístula. Miré y admiré los trabajos monumentales de los constructores de este puente, que se afanaron en poner a cada tanto del trayecto pequeños nichos que hacen las veces de postas para caminantes. Estos nichos conectan con escaleras de caracol que desembocan en las calles paralelas al río, unos metros más abajo. Pero una vez que traspuse el río, y ver que la bruma había aumentado ostensiblemente de densidad, la cosa se comenzó a complicar. Por momentos recordé aquella literatura inglesa que tiene como un personaje más a la bruma. Comprendí que ciertos escritos están condicionados en su forma y en su fondo por las circunstancias físicas y geográficas de quienes los han perpetrado. Hasta ahora, por ejemplo, no habría podido escribir nada que incluyera esta bruma y la sensación aprehensiva que me genera. Hace que sienta una especie de miedo cuando a la distancia veo borronearse una silueta. Entonces siento ese vértigo de temor de que sea un criminal, un asesino dispuesto a destripar al primer ser viviente que se cruze en su camino. Allá en México, en una situación similar podría esperar que lo que se me aparezca sea un policía que al amparo de la noche me extorsione, y en última instancia me lleve detenido para después exigir ese rescate legalizado que es la multa por andar en horas sospechosas en una calle vacía. o una bandita de gandallas que aparte de ponerme una madriza se quieran ver más malditos dejándome una marca de charrasca en la cara o en la espalda.
Caigo en la cuenta de que el trayecto ya se ha prolongado más de lo que había calculado y reviso mentalmente el recorrido del autobús. Creo que definitivamente esta calle no la he recorrido, creo que en algún sitio no di un quiebre, o que no tomé en cuenta una curva, o que cualquier cosa pero es necesario regresar hasta donde me sienta familiarizado y de ahí tomar otra vía.
Por fin, después de encontrar la ruta correcta, llego a la casa de mis anfitriones y lleno de pena por la alta hora, no ceno, no me baño, no me conecto al internet, ni siquiera extiendo el sofá ante el ruido que hace y prefiero simplemente hecharme a dormir vestido como estoy y únicamente quitándome las botas. Ya mañana sabré si estoy cansado o no.
Olvidos por apresuramiento
¿Qué me he olvidado de comentar?
Creo que es casi todo. Uno puede esmerar se en retratar palmo a palmo el día a día, el minuto a minuto, el segundo a segundo. Pero es imposible. No he comentado por ejemplo que las aceras aquí son muy bajas, que los coches se estacionan sobre ellas, que en los cruces se detiene si el peatón se lanza a la brava.
No he comentado que todas las noches me estuve trasladando de una a otra orilla del Vístula, porque, si bien el centro de Varsovia es pequeño y se puede llegar a él desde cualquier dirección, también es cierto que las Rondas me desorientan de una manera que me hacen preocuparme por mi sentido de la Ubicación. Ya los días anteriores me había extraviado por alrededor de varias manzanas. Y por más que me esfozaba, siempre agarraba la calle equivocada. para colmo, los mapas bajados de google no me ayudaban mucho, aunque definitivamente andar sin ellos habría sido peor.
¿Qué más? Pues que la comida me gusta, que las bebidas (creo que esas más o menos las he descrito ya, por lo menos las que he probado).
Pero siguen habiendo temas que no he tratado.
Les propongo algo, pregunten, y si lo he visto, les contesto, si no, se esperan a que me llegue el tema.
Creo que es casi todo. Uno puede esmerar se en retratar palmo a palmo el día a día, el minuto a minuto, el segundo a segundo. Pero es imposible. No he comentado por ejemplo que las aceras aquí son muy bajas, que los coches se estacionan sobre ellas, que en los cruces se detiene si el peatón se lanza a la brava.
No he comentado que todas las noches me estuve trasladando de una a otra orilla del Vístula, porque, si bien el centro de Varsovia es pequeño y se puede llegar a él desde cualquier dirección, también es cierto que las Rondas me desorientan de una manera que me hacen preocuparme por mi sentido de la Ubicación. Ya los días anteriores me había extraviado por alrededor de varias manzanas. Y por más que me esfozaba, siempre agarraba la calle equivocada. para colmo, los mapas bajados de google no me ayudaban mucho, aunque definitivamente andar sin ellos habría sido peor.
¿Qué más? Pues que la comida me gusta, que las bebidas (creo que esas más o menos las he descrito ya, por lo menos las que he probado).
Pero siguen habiendo temas que no he tratado.
Les propongo algo, pregunten, y si lo he visto, les contesto, si no, se esperan a que me llegue el tema.
jueves, 22 de octubre de 2009
Miércoles
Estoy tan cansado.
Esa ruta maratónica que Maja ha diseñado para las diferentes actividades está acabando con la resistencia de la mayoría. Comienza a fastidiarme el despertar y ver a través de la ventana de este décimo piso el cielo nublado, las gototas de rocío sobre los tubos del balcón, tener que ponerme uno tras otro suéter, chamarra y gorro. Y justo caer en la cuenta de que la temperatura era agradable en la habitación cuando recibo en la cara la ráfaga de aire frío y esa pertinaz llovizna. Me sigue friqueando llegar tarde a los eventos por más que me apuro. No soy el único ni el más impuntual, pero sí me saca de onda. Ayer, por ejemplo, la cita con el embajador estuvo bien, con excepción de tres compañeros que no asistieron, ya fuera por extravío o por tardanza.
El sujeto es muy labioso, dirían en el pueblo. Tiene la habilidad de mostrarse interesado en todo lo que hacemos, pero no sé por qué no le creo. Es un sentimiento que todos compartimos. En fin. Café, galletas, té, fotos por aquí y por allá, intercambio de folletos y promesas al ambiente de que algo se podrá organizar en un futuro cercano y después: “Las puertas de la embajada se cierran en cinco minutos y los perros serán soltados”.
Al salir de ahí fuimos a comer (¿comer después de esta abundante botana?)
Un centro comercial a la salida de la estación de trenes de Varsovia. Fast food polaca salpicada con coca cola. Imágenes contrastantes que me dan ideas para exposiciones fotográficas allá en el terruño.
Más caminata. Ya no siento los hombros, aún siento la vejiga llena. El Café Cycloza es aquel donde estuvimos la noche del lunes y ahí en donde cayeron las primeras polacas en los brazos de los parranderos mexicanos. Ahí es donde mis hospedadores me leyeron la cartilla, ahí es donde Gerson perdió la conciencia y la cartera. Ahí es donde salieron a flote las personalidades de los demás. Ahí estaba el argentino influyente en el Bar Latino que hasta este jueves no he conocido y que los demás comienzan a querer como su solapador en materia de ligues. Y ahí estaba de nuevo esta urraca discurseadora que es Adelaida. No acaba de enfurecerme, pero tampoco me siento a gusto con su necesidad de acaparar la atención y explicarle a todo el mundo la magnificencia de su obra, la que está diseñada antropológicamente para trascender el paso del tiempo y las fronteras culturales, y convertirse así en la quintaesencia universal.
No mames, está muy pirada la mujer esta. Tiene pedos existenciales provocados por su traslado abrupto a Suecia, donde por cierto ya es una celebridad. No lo hemos corroborado, pero seguramente ha de ser nuestra culpa, incultos aislados de la información. Argh.
Me di el lujo de pararle los tacos a otro pretencioso oriundo de The Jump, Jalisco, que ahora vive en Teksas y estudia una maestría en algo importante para su ego. Soy ridículo, lo sé y no me importa, porque ahora mismo me interesa equilibrar mis gastos, que entre el martes y hoy se han disparado, con mis ingresos, que llegan a cuentagotas.
Del Cycloza (el nombre tiene que ver con bicicletas, y la mayoría de sus clientes efectivamente llegan en bici), nos fuimos en otra caravana atropellada al Instituto De Estudios Iberoamericanos. Ahí si me dio gusto ver el salón atascado de gente. Bueno, la primera fila era de puros compatriotas, pero el resto era un público atentísimo. Todos los escritores nos dimos vuelo. Una, dos, tres rondas de lectura y aquellos no se largaban. Los cuentos de Miguel son la neta, buenísimos, ingeniosos, gran dominio de los juegos de palabras. Neftalí leyó uno que también me impresionó: “Yo merezco esa bala”. Carmen, Julio, Israel, Adelaida y los demás leyeron uno tras otro sin aburrir a nadie hasta que, de nuevo, Adelaida comenzó a atosigar a los asistentes con su insistencia en el conocimiento de las estructuras compositivas de un poema, a riesgo de no comprender su intrincado mecanismo de permeación en la psique del individuo, dando como resultado una apreciación reducida y por lo tanto trunca del goce emotivo visceral.
Vamos, que eres pendejo si crees que te gusta un poema cuando no sabes de qué manera ha sido estructurado.
Ahí se fue a la mierda todo. Hubo que salir del instituto porque además eran las ocho de la noche y ya no había nadie.
¿Y qué creen? A caminar. De vuelta al centro cosmopolita de Varsovia, a una cena en no sé qué prestigioso restaurant business class donde sirvieron madrecitas de fuerte sabor. Sushi, escalopas, fungis, pierogis, y una cosa verde áspera y horrible al paladar. Los vinos duraron hasta que por lo menos tres estaban cabeceando. Adelaida se dio vuelo faroleando y firmando su texto de Polonia imaginada a los incautos jovenzuelos de saco y corbata de diseñador que logró convencer de su divez. Miguel y Neftalí se desaparecieron, ansiosos de caerle al bar latino. Israel no daba abasto en el faje con su polaca. Felix, Mario, Walfred, Konrad, Maja, Joaquín, Sofía, un servidor y otros resistimos hasta la última copa libre de la barra y entonces hubimos de salir del restaurant, donde la anfitriona se había cansado de lanzarnos sonrisas forzadas presionada por los trajeados que seguramente la atosigaron toda la noche por culpa de esos mexicanos bulliciosos.
A eso de la medianoche, ni modo, a pagar los treinta slotyz de taxi para regresar a donde me estoy hospedando. Y ya.
Qué cansado me siento.
Esa ruta maratónica que Maja ha diseñado para las diferentes actividades está acabando con la resistencia de la mayoría. Comienza a fastidiarme el despertar y ver a través de la ventana de este décimo piso el cielo nublado, las gototas de rocío sobre los tubos del balcón, tener que ponerme uno tras otro suéter, chamarra y gorro. Y justo caer en la cuenta de que la temperatura era agradable en la habitación cuando recibo en la cara la ráfaga de aire frío y esa pertinaz llovizna. Me sigue friqueando llegar tarde a los eventos por más que me apuro. No soy el único ni el más impuntual, pero sí me saca de onda. Ayer, por ejemplo, la cita con el embajador estuvo bien, con excepción de tres compañeros que no asistieron, ya fuera por extravío o por tardanza.
El sujeto es muy labioso, dirían en el pueblo. Tiene la habilidad de mostrarse interesado en todo lo que hacemos, pero no sé por qué no le creo. Es un sentimiento que todos compartimos. En fin. Café, galletas, té, fotos por aquí y por allá, intercambio de folletos y promesas al ambiente de que algo se podrá organizar en un futuro cercano y después: “Las puertas de la embajada se cierran en cinco minutos y los perros serán soltados”.
Al salir de ahí fuimos a comer (¿comer después de esta abundante botana?)
Un centro comercial a la salida de la estación de trenes de Varsovia. Fast food polaca salpicada con coca cola. Imágenes contrastantes que me dan ideas para exposiciones fotográficas allá en el terruño.
Más caminata. Ya no siento los hombros, aún siento la vejiga llena. El Café Cycloza es aquel donde estuvimos la noche del lunes y ahí en donde cayeron las primeras polacas en los brazos de los parranderos mexicanos. Ahí es donde mis hospedadores me leyeron la cartilla, ahí es donde Gerson perdió la conciencia y la cartera. Ahí es donde salieron a flote las personalidades de los demás. Ahí estaba el argentino influyente en el Bar Latino que hasta este jueves no he conocido y que los demás comienzan a querer como su solapador en materia de ligues. Y ahí estaba de nuevo esta urraca discurseadora que es Adelaida. No acaba de enfurecerme, pero tampoco me siento a gusto con su necesidad de acaparar la atención y explicarle a todo el mundo la magnificencia de su obra, la que está diseñada antropológicamente para trascender el paso del tiempo y las fronteras culturales, y convertirse así en la quintaesencia universal.
No mames, está muy pirada la mujer esta. Tiene pedos existenciales provocados por su traslado abrupto a Suecia, donde por cierto ya es una celebridad. No lo hemos corroborado, pero seguramente ha de ser nuestra culpa, incultos aislados de la información. Argh.
Me di el lujo de pararle los tacos a otro pretencioso oriundo de The Jump, Jalisco, que ahora vive en Teksas y estudia una maestría en algo importante para su ego. Soy ridículo, lo sé y no me importa, porque ahora mismo me interesa equilibrar mis gastos, que entre el martes y hoy se han disparado, con mis ingresos, que llegan a cuentagotas.
Del Cycloza (el nombre tiene que ver con bicicletas, y la mayoría de sus clientes efectivamente llegan en bici), nos fuimos en otra caravana atropellada al Instituto De Estudios Iberoamericanos. Ahí si me dio gusto ver el salón atascado de gente. Bueno, la primera fila era de puros compatriotas, pero el resto era un público atentísimo. Todos los escritores nos dimos vuelo. Una, dos, tres rondas de lectura y aquellos no se largaban. Los cuentos de Miguel son la neta, buenísimos, ingeniosos, gran dominio de los juegos de palabras. Neftalí leyó uno que también me impresionó: “Yo merezco esa bala”. Carmen, Julio, Israel, Adelaida y los demás leyeron uno tras otro sin aburrir a nadie hasta que, de nuevo, Adelaida comenzó a atosigar a los asistentes con su insistencia en el conocimiento de las estructuras compositivas de un poema, a riesgo de no comprender su intrincado mecanismo de permeación en la psique del individuo, dando como resultado una apreciación reducida y por lo tanto trunca del goce emotivo visceral.
Vamos, que eres pendejo si crees que te gusta un poema cuando no sabes de qué manera ha sido estructurado.
Ahí se fue a la mierda todo. Hubo que salir del instituto porque además eran las ocho de la noche y ya no había nadie.
¿Y qué creen? A caminar. De vuelta al centro cosmopolita de Varsovia, a una cena en no sé qué prestigioso restaurant business class donde sirvieron madrecitas de fuerte sabor. Sushi, escalopas, fungis, pierogis, y una cosa verde áspera y horrible al paladar. Los vinos duraron hasta que por lo menos tres estaban cabeceando. Adelaida se dio vuelo faroleando y firmando su texto de Polonia imaginada a los incautos jovenzuelos de saco y corbata de diseñador que logró convencer de su divez. Miguel y Neftalí se desaparecieron, ansiosos de caerle al bar latino. Israel no daba abasto en el faje con su polaca. Felix, Mario, Walfred, Konrad, Maja, Joaquín, Sofía, un servidor y otros resistimos hasta la última copa libre de la barra y entonces hubimos de salir del restaurant, donde la anfitriona se había cansado de lanzarnos sonrisas forzadas presionada por los trajeados que seguramente la atosigaron toda la noche por culpa de esos mexicanos bulliciosos.
A eso de la medianoche, ni modo, a pagar los treinta slotyz de taxi para regresar a donde me estoy hospedando. Y ya.
Qué cansado me siento.
martes, 20 de octubre de 2009
Ayer por ejemplo, charlando con Cármen Ávila, de Coahuila y Neftalí Baez, de Guanajuato, les solté el añejo tema de los hipócritas aquellos que cuando les preguntas qué parte del cuerpo de una mujer es lo primero que ven, contestan: los ojos, cuando todos sabemos que son, o las tetas, o las nalgas, o las piernas. Pues en estos casos, efectivamente, son los ojos los que más he tratado de espiar. Son unos ojos enormes, profundos, asombrosamente claros. Son de una irrealidad que procuro tampoco mirar demasiado tiempo porque temo acabar siendo diluido en esa sugerencia de ficción.
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